Los 48 del Carpintero

I

(Margarita Bokusu Mina) En poco más de un par de semanas me van a enviar el tema a tratar en este texto y tendré un par de días para presentarlo en un concurso.

Ya lo he dicho en mi blog: quiero retirarme, después de una década, de este mundo de la literatura para dedicarme a leer más. Quiero decir que, en estos diez años, he publicado trece novelas, he vendido muy poco; he publicado artículos y relatos en catorce medios digitales donde puedo hacerlo siempre que quiera y sobre lo que desee; me han hecho algunas entrevistas, tanto por escrito como en la radio, en tres televisiones y en algunos directos de Instagram, pero como no he conseguido mucho, ya digo, vivir de mis textos, de mis libros, quiero parar de estar en las redes sociales, de intentar dar a conocer mis libros a través de ellas, aunque el tema de los concursos sea una tentación porque me los tomo como un ejercicio, como un seguir practicando la escritura por si cae la breva y, si no, dichos textos me sirven para publicarlos en los medios anteriormente mencionados. También he conseguido que un periódico de tirada nacional recomiende mis novelas y que una editorial publique uno de mis microrrelatos en una antología.

Una vez me presenté a un concurso y gané un premio de productos relacionados con el aceite, pero en realidad no fue por mi escrito sino porque daban un número al participar y me tocó.

Estoy escribiendo esto en Semana Santa, relajada no solamente por ser vacaciones sino porque las paso en casa de mis padres y no tengo que preocuparme ni por cocinar ni por nada, pero dentro de dos semanas ya estaré cansada de nuevo por el trabajo y, por lo menos, parte de este texto lo quiero tener pulido.

Estos días he escrito un microrrelato sobre la luna, pero hasta octubre no me enteraré si ha sido premiado o seleccionado para otra antología, y otro de temática libre que he titulado «Quiero ganar». El resultado de este último es más pronto.

No ha habido mucho tiempo de playa así que me he quedado en mi dormitorio con mis perritos.

Hoy ha venido mi hermana a almorzar y me ha traído hojas de laurel de su campo y le he dado ropa que no me queda bien y un pequeño aguinaldo por su cumpleaños, siempre que nos vemos le regalo algo. Lo hacemos cada dos o tres meses. Mañana regreso a La Línea después de comer pescaíto frito con mis padres en un restaurante de por aquí cerca.

No se me puede olvidar decir que hace un mes estuve por aquí, algo excepcional porque en Cádiz no tenemos Semana Blanca como en Málaga, al menos anualmente. La Semana Blanca se celebra  en los centros educativos malacitanos para conmemorar el Día de Andalucía.

Total, que vine cuatro días y fui, como llevo haciendo más de un lustro, a dar de comer a unos gatitos que viven en la calle: la madre tuvo una camada y sobrevivieron unos pocos y ahora quedan dos. Uno es como un osito panda y el otro gris, grandes, preciosos. Hace un mes, al que llamo «Osito Panda» no estaba y  estos días tampoco. Quise pensar en positivo diciéndome que era mejor creer que lo había adoptado alguien y hoy, cuando fui a llevarle comida al gris, lo vi alejarse, le llamé con una especie de besitos al aire, se me acercó y me alegré mucho de que siga vivo. En este barrio, durante años, hubo una gata que se refugiaba en un merendero (me gusta utilizar la palabra antigua para los que hoy son llamados «chiringuitos») y cuando creía que llegaban sus últimos días porque la vi perdiendo pelo se produjo el milagro: una familia de unos chalecitos adosados de por aquí cerca la adoptó, la cuidó, le salió su pelito y estaba muy rejuvenecida, lo que pasa es que ya no la he vuelto a ver y no sé si seguirá con esa familia o es una que apareció en unos carteles de este barrio a la que se le daba por perdida porque se asustó con unos petardos que hubo en la noche de San Juan. Le llamaba «Mamita» y también tengo una historia con ella porque parió y a uno de sus cachorros lo mató un perro y le sobrevivieron dos gatos negros hermosísimos…

II

No paré ahí hace dos semanas, me dio tiempo a escribir la historia de esos dos gatitos pero se borró y añadí una palabra, un nombre, el de mi tía Amapola. Estaba en el hospital y no la iba a ver por tener Covid, pensábamos que no se podía visitar. Hablé con ella el día siguiente de llegar a La Línea, el sábado, me dijo que no se encontraba muy bien y el domingo por la tarde me llamó mi padre para decirme que había fallecido.

III

Ahora sé que los del concurso dirán mañana el tema a tratar y una frase, a elegir entre dos, que hay que incluir.

Ayer desbloqueé un momento a mi hermana para llamarla y decir que sentía lo de su perra Cococha, tenía diez años y no sé cuántos llevaba sin poder moverse, le llegó su hora.

En menos de un día tengo que enviar este texto y ayer me enteré de que no hay un tema sobre el que escribir pero sí una frase a utilizar entre dos, la que elijo es la que dice: «48 clavos necesitó el carpintero». La relaciono con el ataúd de mi tía. En este sentido puedo contar un par de cosas bizarras que me han sucedido: una ha sido que recibí un mensaje de una desconocida, una tal Carmen, un día después de que Amapola falleciera, saludándome y diciendo que había hablado con ella, usó nuestros nombres, y que ya podíamos fijar fecha. Contesté contrariada, preguntando quién era y diciendo que no sabía de qué me estaba hablando. Mi respuesta la ha recibido quien sea pero no la ha leído. Al comentarselo a mi madre sospechó de unos primos, una broma pesada dijo, pero creo que se trata de un error,  tampoco vamos a pensar en nada paranormal. La otra cosa extraña fue un encargo de una hermana de Amapola, me pidió que diseñara la lápida y me quedé muerta, no sabía qué decir, se me vino a la cabeza los versos de una canción que la nombraban, pero creo que van a poner lo que piensan mis primas: «un espíritu libre» aunque no veo que fuese tan libre, como ninguna persona que tenga que trabajar toda su vida ganando poco. Eso sí, no se casó, tuvo algunos novios y antes de los cincuenta dejó de tenerlos no sé si debido a un accidente en coche, por el Paseo de los Curas, junto al puerto de la capital de la Costa del Sol, con uno de ellos, un novio, donde se dejó los dientes en el salpicadero. No consiguió tener casa propia, vivió en la que nació, fumó hasta poco antes de ingresar en el hospital y hasta hace unos años nos visitaba por Navidad.

IV

Otra cosa que quiero plasmar aquí es una conversación que tuve con alguien con el que me relaciono por whatsapp desde noviembre. Usted, lector, lectora, usted oyente, ustedes oyentes, puede, pueden pensar que me lo invento, que nada de esto es real, que escribo por escribir, que con razón no vendo. Piense, piensen lo que quieran, pero que lleguen hasta el final es todo un logro…

Él escribe, tiene cinco años menos que yo, quiere venir a verme desde su Cataluña natal, pero como está entrampado no sé si podrá hacerlo en agosto o habrá que esperar más de un año. El caso es que cuando quería hacer una videoconferencia conmigo, hace unos días, me llamó un ex que vive desde hace dos décadas en París, un granadino, y es una persona que también tiene tratamiento psiquiátrico, como el catalán. La cuestión es que le fui comentando al charnego lo que mi ex me contaba por teléfono, para que viera el plan, menos mal que el teléfono lo tiene contratado de tal manera que a la hora se desconecta.

Que si Catherine le había mandado a los bomberos; que si su padre fue el fundador de los GAL; que si Catherine le pone películas «snuff»; que si su hermano está metido en los linchamientos a africanos de Almería; que llora por las calles; que Catherine vomita el esperma del tipo al que está obligada a adorar; que en todo el día había comido un café y un bollo; que a su abuela la mataron sus propias hijas, que la golpeaban; que su padre violó a un niño en el mirador de San Miguel y lo mató de una pedrada en la cabeza; que si el supremacismo blanco, que si la caza de brujas, que si el juramento hipocrático, que si los caníbales de Estados Unidos; que si su amigo Claude, un multimillonario, compartía putas con un actor famoso y luego las hacían desaparecer; que Claude quería mandar a su hijo a un internado suizo; que si veía porno y se masturbaba era para aguantar el tirón; que si los jueces franceses también están metidos en lo del caníbalismo con niños y que él ha sido testigo de eso; que si la embriaguez de Calígula y la sed de sangre de los vampiros borrachos de ella, que si el régimen de Vichy era así también y no se juzgó a nadie, como en España; que lo que le hace Catherine es lo que se hace en Guantánamo; que si sus padres son sibaritas; que había ido al barrio de Saint Michel y había hecho algo que no hace nadie: señalar a los burgueses; que ha sido testigo del terror: que estaba sentado en el suelo tomando el sol de la mañana y entró la policía en el barrio a intimidar, que entonces se levantó y se tiró al cuello de uno que estaba dentro del coche y salieron pitando, asustados se fueron, que así lleva cinco años; que tres matones iban a darle una paliza y le pidió a una chica que llamara a la policía y, como entre los que llegaron había una africana, le ayudaron; que Charlotte Lacoste es una crítica que  escribe sobre la perversión de la élite, profesora de literatura; que detrás del genocidio de Ruanda estaban los políticos franceses y que esto lo sabe desde el año noventa y cuatro cuando estudiaba en la universidad, pertenecía a la CGT y a los jóvenes maoístas, etc.

V

Un nuevo amor saca al viejo. Como un clavo a otro. Ya lo dijeron Aristóteles y Cicerón.

Este verano publicaré la que puede ser mi última novela epistolar por un tiempo: «El callejón de los suspiros. Aventuras y desventuras de Falote Nauseabundo» basada en las historietas de mi ex «francés». También intentaré probar suerte con otra editorial.

Los clavos de olor, girofles, fueron moneda de cambio y, junto a la nuez moscada, su valor equivalía al oro.

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